Relatos de Cuba (2a parte)

Relatos de Cuba (2a parte)

Artículo publicado el 16/08/2025



La próxima parada es también Patrimonio de la Humanidad. Para llegar allí bordeamos un tramo del mar justo cerca de Playa Girón, que junto con Playa Larga constituye la famosa Bahía de Cochinos, el lugar donde el imperialismo yanqui sufrió su primera derrota en América Latina. Trinidad es soberbia. Casas bajas y de todos los tonos pastel que uno pueda imaginar: amarillito, rosadito, verdecito, celestito, naranjita… en fin, una paleta llena de colores. Rejas de hierro por todas partes, típicas de la arquitectura colonial, y calles que recuerdan los senderos de Los novios. Subimos por la gran escalinata hasta la Casa de la Música, el lugar donde por la noche cientos de personas se desatan bailando salsa. El sol de la tarde, reflejándose entre los edificios, crea una atmósfera de cuento. Para cenar nos espera la primera langosta de nuestro viaje, con vino blanco cubano. Todo es indescriptible. Dejando atrás Trinidad, entramos en la Sierra del Escambray para llegar a una plantación de café. El guía comienza a explicarnos todo el proceso: desde la planta hasta el tostado, hasta el momento en que se bebe, y de hecho, en una choza lo probamos. En la pared una imagen de Martí y algunas de sus palabras sobre el café, ya que parece que no hay tema sobre el cual no haya escrito. Las primeras dicen: "El café tiene un comercio misterioso con el alma…" El Sendero del Caburní conduce a una pequeña cascada. Había otras cascadas y otras opciones, pero elegimos esta porque es el recorrido más difícil que se puede hacer en la zona. El sendero es largo y empinado, luego habrá que rehacerlo todo de subida. Pero cuando llegamos al destino, entendemos que valió la pena. Nos desvestimos y nos lanzamos al agua más fría del planeta, pero no podemos perder una ocasión así. Al día siguiente recorremos unos quince kilómetros para llegar a Playa Ancón, donde finalmente encontraremos el mar. Arena blanca y agua cristalina, los ingredientes fundamentales del Caribe. Largos paseos por la orilla de oeste a este, un delicioso sándwich a la sombra de un árbol y mucho, mucho sol. La conquista de Santa Clara por parte de Ernesto Che Guevara y un pequeño grupo de hombres determinó la victoria de los barbudos, que pocos días después entraron triunfantes en La Habana. La plaza dedicada a él es imponente, como la estatua erigida en 1987, veinte años después de su asesinato en Bolivia, que lo retrata de pie con un fusil en una mano sobre un altísimo pedestal de mármol. Inscripciones, bajorrelieves y frases extraídas de los muchos escritos de Guevara rodean la estatua. En la base, una corona de flores permanentemente frescas y la bandera roja, azul y blanca ondeando al viento. La plaza, completamente pavimentada, es gigantesca, y al otro lado, dos grandes carteles que testimonian momentos importantes. En uno está escrito "…queremos que sean como el Che!", las hermosas palabras que Fidel gritó al pueblo tras la muerte del gran héroe: "¡Deseamos que (nuestros hijos… los hijos de Cuba) sean como el Che!" Luego hay que guardar la cámara, porque no es posible retratar el lugar subterráneo que guarda celosamente los restos del Comandante y sus treinta y ocho compañeros de infortunio.

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En el parque nacional El Nicho, un río con rápidos forma una serie de pequeñas cascadas y pozas de agua cristalina que constituyen el triunfo de la naturaleza y el espectáculo. El árbol nacional, la palma real, junto con una serie de otros árboles y plantas provenientes directamente de la prehistoria, dibujan un paisaje digno de Jurassic Park. Nos bañamos entre rocas, vegetación, cascadas y pequeñas cuevas. El agua es cristalina y calentada por los rayos del sol. No pasamos poco tiempo en un lugar del que es difícil alejarse.

Una granja cuidada por el Ministerio de Industrias Pesqueras que alberga cocodrilos de todas las edades y tamaños. Tomamos uno entre las manos (naturalmente tiene las fauces atadas con una cuerda), jugamos con los grandes pinchándolos con un palo, y observamos incluso un altercado entre un cocodrilo y un perro, en el que el perro ladra, pero se cuida mucho de no acercarse a los temibles dientes.

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