Artículo publicado el 16/08/2025
La canción de Silvestri describe un poco la figura de uno de los personajes más discutidos y queridos de todos los tiempos, Ernesto Guevara de la Serna, un gigante que se entregó a la historia con un nombre de solo tres letras: "CHE". Hablar de Cuba sin tener en cuenta su historia es una operación sin sentido, quizás porque es el único lugar del mundo donde las decisiones y consecuencias que la han acompañado durante casi cincuenta años siguen vivas y se respiran en cada lugar, especialmente en la piel de su pueblo.
Al primer despertar, basta observar el entorno que nos rodea para darnos cuenta de que finalmente hemos llegado a nuestro destino. Una lámpara de una fealdad tal que no se puede describir, un aire acondicionado de la ex Unión Soviética, naturalmente la cama, un armario, algunas repisas y objetos inútiles tirados al azar. Las sábanas están limpias y la higiene supera las expectativas. La primera tarde está dedicada a La Habana Vieja, patrimonio de la humanidad. Fantásticas construcciones de estilo colonial, museos por doquier, callejuelas empedradas y pavimento de madera en una atmósfera internacional y festiva. Casi todos los bares tienen un patio en el que, entre plantas tropicales, se come, se bebe, se toca música y sobre todo se baila.
El primer gran escalofrío es cuando llegamos al local que conocía desde hace mucho tiempo: la Bodeguita del Medio. Detrás del barman, en un cuadrito, destacan las palabras manuscritas de Ernest Hemingway, que dieron fama y éxito mundial a este bar y a otro cercano: "Mi mojito en la Bodeguita… mi daiquiri en la Floridita." Mientras en la Bodeguita hay sillas y mesas de madera y varios ambientes con miles de escritos en las paredes, la Floridita es más sobria; puedes sentarte junto a la estatua de bronce a tamaño real de Hemingway y observar las fotos que lo muestran con grandes de Hollywood, con su esposa o con Fidel.
El Malecón es realmente espectacular. No hay barreras de rocas y, durante los huracanes, las olas del Atlántico golpean los imponentes edificios que se alzan junto a la calle.
En Cojímar, periferia de La Habana, el pueblo que inspiró el relato que le valió el Nobel, El viejo y el mar. Hay un castillo en el puerto y un muelle desde donde Hemingway partía para las jornadas de pesca con su bote, El Pilar. Buscamos la casa del célebre viejo y la encontramos. Gregorio Fuentes, el pescador que salía al mar con Hemingway, lamentablemente no nos esperaba. Murió hace algunos años, centenario. Parece que por una pequeña compensación, gustaba conversar con los viajeros sobre las aventuras y desventuras que le ocurrieron a él y a su ilustre amigo.
Luego nos dirigimos hacia otra periferia, San Francisco de Paula, donde aún brilla Finca La Vigía, la que fue la finca de Hemingway, a las afueras de la ciudad. Aquí vivió y escribió hasta 1960, cuando se trasladó a Idaho, donde puso fin a una vida nada menos que aventurera.
El Museo de la Revolución es un edificio inmenso con interiores decorados por el neoyorquino Tiffany. Nos recibe el busto de Cristóbal Colón, el imprescindible de José Martí, poeta y patriota en quien se inspira la revolución castrista, y la reconstrucción detallada de esta última con documentos y fotografías. Frente al edificio, el tanque SAU-100 usado por Fidel en 1961 para frustrar el ataque estadounidense en la Bahía de Cochinos. En el lado opuesto del edificio se llega al Pabellón Granma, una estructura de vidrio construida para albergar el Granma, el barco a motor que transportó desde México a Cuba a los futuros gobernantes de la isla. Uno de los lugares sagrados del comunismo cubano, equivalente al mausoleo de Mao en Pekín.